Sociedad estadounidense saturada de armas
El estadounidense Seth Horvitz, residente en Washington, quedó estupefacto al constatar que el servicio de mensajería depositó ante su puerta un poderoso fusil de asalto automático, en lugar de un simple televisor, como él encargó a través de Internet.
La presencia de un fulminante pertrecho de guerra en las manos de un civil que NI siquiera lo procuró está lejos de ser un incidente anecdótico.
Refleja la facilidad con que en el país más poderoso las personas comunes pueden acceder a equipamiento militar, más allá de la venta de pistolas y fusiles que, según se alega, sirven para la defensa individual.
En la medida en que por el cine, la televisión, la prensa plana y otros medios gráficos se glorifica la producción de armamentos más mortíferos, rápidos y certeros, la sociedad inculca en los receptores de los mensajes una supuesta “necesidad” de obtener esos instrumentos.
Es así que se repiten absurdos hechos de sangre totalmente evitables.
Un profesor universitario sospechoso de incendios intencionales en California escribió un traumático correo electrónico sobre una venganza contra las personas que, según él, fueron responsables del suicidio de su hijo adolescente.
Irvine Rainer Reinscheid tenía razones para lamentar el ahorcamiento de su hijo, quien fue acosado en su escuela secundaria, pero carecía de justificación su conducta incendiaria posterior y, presumiblemente, homicida.
En Houston, la capital del estado de Texas, tres personas murieron tras una balacera cerca del campo deportivo de la Universidad estatal. El hecho se desató después de que desde una casa dispararan contra un agente del orden.
Recientemente, un ex soldado estadounidense abrió fuego en un templo de la comunidad religiosa sij en el norteño estado de Wisconsin y asesinó a seis personas.
Al parecer el odio antirreligioso ha nublado la vista de muchos estadounidenses, quienes confunden a los sijs con talibanes afganos, sólo por el detalle de usar barbas y turbantes.
La tragedia en el templo donde se profesa una religión muy extendida en la India siguió al tiroteo en el que murieron 12 personas y otras 58 resultaron heridas en una sala de cine del estado de Colorado.
Dos días antes de esa desventura un hombre se declaró culpable de matar a seis personas y herir a otras 13, entre esas últimas a la entonces representante Gabrielle Giffords, en la ciudad de Tucson, estado de Arizona, el año pasado.
El listado de acontecimientos violentos sería interminable.
La sociedad estadounidense lamenta legítimamente la muerte de sus hijos en situaciones prevenibles, pero debería cuestionar de forma más enérgica a las compañías fabricantes de armas y a los políticos que los respaldan con leyes indulgentes.
El poderoso lobby de la Asociación Nacional del Rifle compra votos e influencias en un país donde están en manos de civiles entre 260 y 300 millones de armas de fuego.
Por ese camino, en pocos años Seth Horvitz, quien recibió un fusil de asalto, podría hallar en la puerta de su casa un tanque de guerra. FIN












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